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Cerebro y corazón tiene una relación simbiótica, no pueden vivir uno sin el otro. El corazón le lleva sangre con oxígeno y nutrientes al cerebro para que despliegue sus funciones.

El cerebro inerva al corazón por intermedio de señales nerviosas que transmiten funciones como incrementar la frecuencia de latidos o comunicarle estados de ánimo como ira, depresión, hostilidad, euforia o alegría. Esto ha generado que a lo largo de la historia de la humanidad el corazón se transforme en la sede de las emociones. Ambos sistemas están inter-conectados de manera que un problema de uno afectará al otro inmediatamente.

Un accidente cerebro-muscular va a cambiar el funcionamiento cardíaco como una arritmia llamada fibrilación auricular. Esto puede afectar la llegada de sangre al cerebro o formar coágulos que impacten en el cerebro. La conversación entre corazón y cerebro puede generar distintos resultados emocionales: turbulencias, mal humor, stress agudo o crónico, depresión y así también  emociones favorables y positivas que generan bienestar como la alegría, la risa, el amor y el optimismo.

El corazón es un órgano vulnerable y en las últimas décadas nos hemos encargado de maltratarlo. Las enfermedades cerebro-vasculares constituyen el gran problema nivel mundial.  Japón disminuyó considerablemente la tasa de problemas de esta naturaleza (un 60%). Influye en esto considerablemente una dieta con muy pocas grasas lo que lleva a tener muy bajos niveles de colesterol en sangre.

Vivir sin parar

Decimos frecuentemente que solo existe el presente y el presente es un punto e fuga porque el futuro se escurre hacia el pasado. El presente es la totalidad del tiempo, lo que recordamos, lo que hicimos, lo que haremos. Tenemos todos noción del tiempo aunque no sepamos bien cómo definirlo. Sentimos que el tiempo vuela, que nos falta, que quisiéramos atraparlo. Kant decía que el tiempo es la condición de existencia de todas las cosas. Es lo único que permanece, nosotros pasamos. El fututo está en nuestra imaginación, en nuestra esperanza, en nuestro temor y expectativa. El pasado está en nuestra memoria. Las agujas del reloj solo existen en el espacio y por lo tanto no marcan el tiempo. Este es una duración interna que solo puede ser captada por nuestra conciencia. Dice Bergson: solo el espíritu puede recordar el pasado e imaginar el futuro. Cuando el espíritu se desconecta del tiempo este queda reducido a agujas, cuadrantes, calendarios. Se acentúa el sentimiento de fugacidad, nos desesperamos por ahorrar tiempo, necesitamos llenar las agendas para que nos de la sensación de tiempo completo, lleno, para sentirnos activos y ocupados. Necesitamos y buscamos tiempo para estar más ocupados y lo que sigue postergado son las conexiones espirituales. Se teme al simple transcurrir de la conciencia, al fluir del espíritu, a habitar un vacío fértil en el que no hay obligación de hacer algo, en el que no es necesario llenar el tiempo.

El tiempo del corazón no corre detrás de nada y un corazón tranquilo nunca es derrotado por el tiempo.  Quienes habitan el tiempo del corazón viven en el presente.